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Mostrando las entradas de octubre, 2022

La maleta de Matías

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Era el primer día de clases y Matías se aferraba a lo único conocido que tenía, su maleta. Casi como si fuera una manta, la maleta abrazaba su espalda y le daba la confianza necesaria para enfrentar este nuevo mundo que representaba el colegio. Mientras estuvo en el salón no se despegó de ella, permanecía pegada a su espalda, incluso cuando estaba sentado en la silla. A cualquier asomo de novedad que traía angustia, sus manos se aferraban a las tiras de su maleta. En este movimiento el contacto de su espalda con este objeto era como una mano realizando una caricia que le daba la seguridad necesaria para sentirse a salvo. Parecían uno sólo, él y su maleta. Una maleta -que, por cierto- venía con él de su casa, traía allí aromas familiares, guardaba las cosas que ya conocía y era especialmente el recuerdo vivo de las palabras y mimos de su madre. El reto más grande llegó en el momento del recreo. Le generó angustia salir a un espacio abierto que parecía no tener límite, un amplio campo de...

Una postergada transición

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Todo empezó con un grito que convocó algunas miradas. Luego, un rápido movimiento en el que unos rizos negros se escondían detrás de una columna de concreto y allí, en la sombra un llanto solitario y ruidoso. Estábamos en el momento del recreo y desde mi lugar, había podido observar que Isabella había reñido con sus compañeros y esto la había empujado al aislamiento sonoro. No era la primera vez que esto sucedía y los niños, ya acostumbrados a su llanto siguieron inmersos en su juego, mientras Isabella estaba arrojada a la invisibilidad que le traía este delgado muro de concreto.    Los ojos de Isabella empezaron a buscar auxilio, y en este recorrido de su mirada se encontró con la mía. Se acercó hacía mí con sus hombros caídos y la cara inclinada, mientras suspiraba profundamente haciendo un esfuerzo por ser silenciosa, se quedó de pie esperando a que yo viera su cara inundada de lágrimas. Con una expresión de tristeza y molestia dibujada en su cara me dijo:  no me gusta...

El tobogán era un círculo

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En medio del caos del recreo, Nicolle esquiva lo que hace falta y llega corriendo hasta mí con la cara repleta de emociones. En sus ojos hay algo parecido a la fascinación. Sin decir nada me toma de la mano y con el cuerpo me indica que la siga: quiere mostrarme algo. En el camino aprieta los labios, como si contuviera una noticia. Me lleva hasta el parque, sube las escaleras y, de pie frente al tobogán, dice: “¡Mira! ¡Esto es un círculo!” — mientras su mano dibuja uno enorme en el aire. No parece interesarle mi reacción, ni los niños que suben y bajan a su alrededor. Sus ojos, clavados en el objeto, brillan de fascinación, y su risa delata el convencimiento de un hallazgo. Días antes veníamos trabajando las figuras geométricas, empezando por el círculo: guías para identificarlo, repasarlo, colorearlo, dibujarlo. Pero una cosa es lo que se enseña y otra, muy distinta, cómo acontece el aprendizaje. Por todo el salón, las manos iban descubriendo el círculo como un trazo nuevo, uno que ya...