La clase era el escenario de un encuentro de exploradores, ya habíamos armado las tiendas de dormir con mesas y telas y nos disponíamos para encender la fogata, contar historias y asar malvaviscos. Las tres velas que hacían de fogata avivaron la imaginación y alrededor de estas emergieron muchas historias, todas con una mezcla de realidad y ficción, perritos que hablaban con niños, fantasmas de halloween que se quedaron sin dulces, superhéroes que ayudaban a las abuelas, animales haciendo travesuras y hasta historias de alimentos, como el helado que se disfrazó de payaso o unas verduras que estaban tristes porque un niño no las comió. En cuanto una historia terminaba había muchas manos levantadas moviéndose insistentes para agarrar la palabra y contar la próxima historia. Cuando los malvaviscos se acabaron también lo hicieron las historias. Apagamos las velas y los niños y niñas se fueron a jugar bajo las tiendas. Los ví jugando a leer cuentos y a esconderse de los animales ...
En cuanto termine de enunciar la forma, dirección y posición que exigían cada uno de los diversos retos que hacían parte del circuito de movimiento dispuesto para la clase, uno de los niños se acercó apresuradamente para pedirme que le guardara un carro de juguete mientras él hacía los retos. No tenía un bolsillo disponible así que este carro se quedó en mi mano. Los niños y niñas están emocionados y felices transitando por el circuito, les encanta moverse y disfrutan mucho que las actividades sean retadoras, se lo toman en serio y se esfuerzan por acomodar su cuerpo, pensar, respirar, intentarlo varias veces hasta conseguir movimientos cada vez más complejos. Es enternecedor ver sus expresiones de asombro y sus ojos llenos de brillo cuando sus miradas se encuentran con la mía, es una oportunidad única en la que mi rostro les refleja su misma expresión, y mis palabras de felicitación les corrobora -a sí mismos- que han logrado realizar un movimiento que al principio se les ...