La maleta sobre la silla
La maleta de Matías estaba sobre su silla.
Ocupaba casi todo el espaldar, sostenida por sus dos tiras, como si aquel puesto le perteneciera. Matías, mientras tanto, estaba lejos de ella.
Al verla allí, sola sobre la silla, recordé el primer día de clases, cuando Matías parecía no poder imaginar ninguna distancia entre su cuerpo y aquella maleta.
Era su primer día de clases y Matías llevaba la maleta pegada a la espalda.
Entró con ella al salón, caminó con ella entre las mesas y se sentó sin quitársela. Incluso sobre la silla, la maleta permaneció entre su espalda y el espaldar.
Durante la mañana empecé a notar un pequeño movimiento. Cada vez que algo nuevo parecía inquietarlo, Matías llevaba las manos hacia las tiras de la maleta y las apretaba.
La maleta había llegado con él desde casa. Adentro estaban sus cosas: objetos elegidos y guardados antes de llegar al colegio, cosas que ya conocía en medio de un lugar donde casi todo era nuevo.
Durante toda la mañana permaneció sobre su espalda.
El momento más difícil llegó con el recreo.
Al salir del salón, Matías se encontró frente a un espacio mucho más grande. Había niños y niñas corriendo de un lado a otro. Unos lloraban, otros reían, algunos organizaban juegos y otros permanecían cerca de las paredes.
En medio de todo aquel movimiento, Matías estaba quieto.
Miraba.
La maleta seguía pegada a su espalda.
De repente, un niño que corría mirando hacia atrás se estrelló contra él. Los dos cayeron al piso.
Matías empezó a llorar.
Su llanto se mezclaba con el ruido del recreo. Levantó la cabeza y miró alrededor, buscando a alguna de las maestras. Desde donde estaba, todas parecíamos lejos.
Entonces hizo el mismo movimiento que yo había observado durante la mañana.
Agarró las tiras de su maleta.
Las haló con fuerza hacia adelante y mantuvo la maleta apretada contra su espalda. Permaneció así durante unos momentos.
Poco a poco, su llanto empezó a disminuir.
Yo no sabía exactamente qué encontraba Matías en aquel contacto. Solo podía observar que, frente a algo que lo inquietaba, sus manos buscaban las tiras y la maleta volvía a quedar firmemente pegada a su cuerpo.
Durante los días siguientes continuó llevándola así.
Entraba con ella.
Se sentaba con ella.
Caminaba con ella.
Salía al recreo con ella.
Matías y su maleta parecían llegar juntos a todas partes.
Hasta que un día ocurrió algo diferente.
Matías entró al salón, llegó hasta su puesto y se quitó la maleta.
La dejó sobre la silla.
Y se alejó.
Y allí estaba ahora: sobre la silla, mientras Matías se movía por el salón lejos de ella.
Me detuve a mirarla. Ocupaba casi todo el espaldar, sostenida por sus dos tiras. La misma maleta que durante sus primeros días había permanecido pegada al cuerpo de Matías ahora podía quedarse en un lugar mientras él se alejaba.
Matías iba y venía por el salón. La maleta permanecía allí.
Su silla.
Su mesa.
Su maleta.
Un pequeño lugar dentro de un colegio que, poco tiempo atrás, era completamente desconocido para él.
Curiosamente descubrí que requiero de un objeto cerca o cuando camino para sentirme en cierta forma en confianza con el entorno. Romper vínculos, ingresar en espacios nuevos, abrirse a un nuevo comienzo. No es algo fácil de llevar. Se aprende como lo hizo Matías, saliendo al universo.
ResponderBorrarHermoso texto Jensy. ☕