Detrás de la columna
Todo empezó con un grito que convocó algunas miradas. Luego, un movimiento rápido: unos rizos negros desaparecieron detrás de una columna de concreto. Allí, en la sombra, quedó un llanto solitario y ruidoso.
Era la hora del recreo. Desde donde estaba alcancé a observar una riña entre Isabella y sus compañeros. Después de la discusión, corrió a esconderse. No era la primera vez que sucedía. Los niños, acostumbrados a verla llorar, continuaron inmersos en sus juegos mientras ella permanecía detrás de aquel delgado muro.
Después de un momento, sus ojos empezaron a buscar entre las personas que estaban alrededor hasta encontrarse con los míos.
Salió de detrás de la columna y caminó hacia mí con los hombros caídos y la cara inclinada. Suspiraba profundamente, haciendo un esfuerzo por contener el llanto. Se quedó de pie frente a mí, esperando a que viera su cara inundada de lágrimas.
—No me gustan los niños de este colegio. No me gusta este colegio. Extraño Venezuela y extraño a Antonella, mi amiga de Venezuela.
Al pronunciar el nombre de Antonella volvió a llorar con fuerza.
La abracé.
No intenté convencerla de que el colegio era bonito ni de que aquí también podía tener amigos. Isabella extrañaba Venezuela, extrañaba su colegio y extrañaba a Antonella. Permanecí con ella mientras lloraba y, poco a poco, su cuerpo empezó a tranquilizarse.
Cuando estuvo más calmada no quiso regresar a jugar. Se sentó a mi lado, todavía triste. Intenté conversar con ella, pero apenas respondía con pequeños gestos.
Para entonces, Isabella llevaba cerca de seis meses viviendo en Bogotá.
Su familia había migrado desde Venezuela y poco a poco había encontrado cierta estabilidad laboral. Sin embargo, todavía estaban intentando reunir nuevamente a la familia: una de las hermanas de Isabella permanecía en Venezuela.
Desde comienzos del año yo venía observando su malestar en el colegio.
A veces decía que los niños eran tontos o que las clases eran aburridas. Solía ocurrir cuando los demás no seguían sus reglas de juego, no querían compartir algún juguete, no querían jugar con ella o cuando debía esperar su turno. También aparecía cuando no era la primera en terminar una actividad.
Esperar podía resultarle desesperante.
Se cruzaba de brazos, se sentaba y dejaba de participar. Si alguna compañera intentaba acercarse, podía responder:
—¡Cállate!
—¡Déjame sola!
—¡No me hables!
Después volvía.
Participaba nuevamente en las actividades y buscaba jugar con los otros niños. Pero estas situaciones se repetían con frecuencia y hacían difícil sostener algunos vínculos. En los juegos colectivos estaba tranquila mientras los demás aceptaban sus propuestas; cuando alguien quería hacer algo diferente, el enojo volvía a aparecer.
Durante los meses siguientes algo empezó a cambiar en esas escenas.
Lo que al comienzo aparecía principalmente como enojo fue convirtiéndose también en llanto. Cuando lloraba repetía que los niños de este colegio eran tontos y que el colegio no le gustaba.
Un día le pregunté:
—¿Por qué dices que los niños son tontos?
—Porque no son como los amigos que tenía en Venezuela.
Hizo una pausa.
—Es que extraño Venezuela y a mis amigos de ese colegio.
Lo dijo tranquilamente y después regresó a la actividad que estaba realizando.
Desde entonces, cada vez que algo le generaba malestar, Venezuela aparecía con mayor frecuencia en sus palabras. Podía empezar llorando por una pelea, por frustración o incluso por algún dolor y, en algún momento, decir que extrañaba Venezuela.
Con el paso de los días, su llanto empezó a traer detalles.
Primero extrañaba Venezuela.
Después, a sus amigos.
Después, su colegio.
Hasta que apareció un nombre:
Antonella.
Su amiga de Venezuela.
Desde el colegio ya veníamos conversando con su familia y buscando juntos maneras de acompañarla. Entretanto, empecé a observar otros cambios. Isabella se ausentaba con mayor frecuencia y, cuando asistía, algunos días parecía distraída.
También había cambiado su manera de comer en el colegio. Aunque era muy independiente en muchas actividades, empezó a resistirse a almorzar sola. Cuando su papá llegaba a recogerla, entraba al salón y se sentaba con ella. Entonces Isabella comía muy bien.
Por eso, aquel llanto detrás de la columna no era el primero.
Tampoco era la primera vez que Isabella decía que extrañaba Venezuela.
Pero esa mañana había llegado hasta Antonella.
Mientras seguía sentada a mi lado, se me ocurrió buscar un muñeco de peluche. La llevé conmigo al salón y, cuando estuvimos allí, le mostré un osito.
Le dije que estaba triste y se sentía solo.
—¿Tú podrías cuidarlo y acompañarlo mientras estás en el colegio?
Isabella levantó la mirada. Sus ojos parecieron recuperar un poco de brillo y movió la cabeza diciendo que sí.
Le entregué el muñeco.
Lo apretó contra su cuerpo, lo rodeó con los brazos y dejó caer la cabeza sobre él. Cerró los ojos y empezó a balancearse suavemente de un lado al otro.
Después salimos nuevamente al espacio abierto.
Isabella empezó a recorrer el colegio con el muñeco entre sus brazos. Parecía mostrarle los lugares. Se lanzaba con él por el rodadero, le hablaba, le cantaba y lo abrazaba. Poco después empezó a acercarse a otros niños y a participar nuevamente en algunos juegos.
Yo la observaba.
No sabía exactamente qué estaba ocurriendo entre Isabella y aquel muñeco. Solo podía ver que, mientras lo cuidaba y lo llevaba consigo, su cuerpo parecía estar más tranquilo.
Al día siguiente tuve clase con su curso.
Dispuse hojas blancas sobre las mesas y les propuse a los niños dibujar lo que más les gustaba del colegio. Mientras dibujaban, fui acercándome uno por uno para preguntarles qué estaban haciendo.
Isabella tenía el rostro muy cerca de la hoja, concentrada entre trazos y colores.
—Me gusta jugar en el parque y hacer amigos —me dijo.
No insistí.
Seguí recorriendo las mesas y, de vez en cuando, volvía la mirada hacia ella. Intercambiaba colores, stickers y palabras con sus compañeras.
Después repartí plastilina mientras organizaba una pequeña galería con los dibujos.
De repente Isabella se acercó:
—¡Maestra, es que necesito plastilina verde!
Inmediatamente apretó los ojos y agitó la cabeza, como si acabara de advertir una equivocación.
—¡Profesora! ¡Profesora Jensy, es que necesito plastilina verde!
Le entregué la plastilina y regresó a su lugar. Un rato después la compartía con una compañera.
Pero volvió a llamarme.
—¡Maestra!…
Otra vez hizo el mismo gesto.
—¡Profesora!
Y volvió a ocurrir.
A veces me llamaba para pedirme algún material. Otras veces solamente quería mostrarme lo que estaba creando. Atendí sus llamados mientras observaba aquella pequeña corrección que aparecía una y otra vez.
En Venezuela, Isabella llamaba maestra a la figura que en nuestro colegio llamábamos profesora.
No sabía cuánto podía contener el cambio de una palabra, pero aquella mañana Isabella parecía muy atenta a ella: maestra, profesora; maestra, profesora. Como si también en el lenguaje estuviera reconociendo que ahora habitaba un colegio diferente, con otras palabras, otros niños y otras maneras de estar.
Cuando llegó la hora del almuerzo, todos se sentaron a comer.
Isabella también.
Tomó su cuchara y empezó a comer sola. Fue, incluso, una de las primeras en terminar.
Ese día no lloró. Jugó, dibujó, pidió materiales, compartió plastilina, habló con sus compañeros y comió su almuerzo.
Cuando anunciaron que habían llegado por ella, la tomé de la mano y caminamos juntas hacia la puerta del colegio.
Durante el trayecto, Isabella levantó la mirada y me dijo:
—Te quiero. Este colegio es lindo. Me gusta este colegio.
Meses antes había llegado desde Venezuela a un lugar en el que casi todo era nuevo. Durante ese tiempo la había visto enojarse, apartarse, llorar y buscar palabras para decir lo que extrañaba. Primero fue Venezuela. Después sus amigos. Su colegio. Finalmente, Antonella.
Ahora empezaban a aparecer también otras palabras.
Isabella seguía extrañando lo que había dejado atrás. Nadie necesitaba convencerla de lo contrario.
Pero, poco a poco, también empezaba a encontrar maneras de estar aquí.
Relatos de jardín es una colección de fotografías escritas donde la infancia revela las maneras en que el mundo comienza a hacerse visible. Tesoros de la cotidianidad que encontré y decidí sostener.
Los abrazos que transforman
ResponderBorrarCuál podría ser la probabilidad que en esta diáspora venezolana, Isabela cruzará pasos con la profesora Jensy, dejando un eco tan profundo en cada alma, lograron sanar, en cada una el viaje que ha dolido; porque dejar atrás lo que amamos nos agrieta. Y aquí está el hermoso universo haciendo de la expresión "a veces", un lugar para sentir y un lugar para sanar lo sentido. A veces fuimos roca, a veces fuimos cristal. Sanar es el renacimiento, es la probabilidad de ver siete noches seguidas un cometa en dirección al infinito, esa, así de inverosímil es la probabilidad; pero los ojos que atraviesan el alma... Observan; el finito universo que está en creación.
ResponderBorrarMaravilloso querida escritora.
Muy bonito
ResponderBorrarSer amables no nos cuesta mucho y si genera muchos cambios.
ResponderBorrarHermoso, muy bien logrado. Felicitaciones
ResponderBorrarQuiero leer más.
Una mirada atenta, una mano que acompaña, un abrazo que es refugio, una palabra que alienta, un "te quiero" de una niña que se sintió escuchada.
ResponderBorrarMaestra, Profesora, te quiero!
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