De cierto azar se hace jugo

La clase de educación física había terminado y como es usual los niños y niñas habían ayudado a organizar los materiales que se habían utilizado y se dirigían a su salón para consumir el refrigerio. Todos menos Matthew quien suele esperar hasta que yo también atraviese la puerta. Recorrí el lugar revisando que todo quedara dispuesto para la siguiente clase, observé las colchonetas apiladas, los aros colgados, los palos (de escoba) en la cesta, las cuerdas en la bolsa. En este recorrido Matthew iba siempre a mi lado y mientras yo observaba el lugar él me observaba e imitaba muchos de mis gestos y de mis movimientos.


Cuando íbamos saliendo, muy cerca de la puerta se atraviesa en el camino un pequeño pocillo de plástico, este diminuto juguete tuvo un efecto impactante en Matthew, su cara parecía un poco desconfigurada ante un objeto que no encajaba en este lugar, como si en este espacio para hacer ejercicio -como suelen verlo los niños- no pudieran existir elementos de otro uso o de otro orden. Un poco consternado Matthew hace un giro y se ubica frente a mi haciendo del pequeño juguete una frontera entre los dos, con su ceño fruncido y su rostro rígido le lanza una mirada furiosa al objeto, luego pone su mirada sobre mi rostro y cuando sus ojos se encuentran con los míos desplaza su mirada sobre todo el lugar, como indicándome que este objeto no corresponde a este lugar, que está alterando el orden, anunciando cierto caos.


El malestar se empezó a extender sobre todo su cuerpo. En un gesto de molestia Matthew empuñó sus manos y estiró bruscamente sus brazos en dirección al piso, luego, un pie empezó a moverse golpeando el suelo insistentemente, su cara parecía estar atravesada por varias emociones mientras su mirada caía de forma pesada sobre el juguete. 


Su cuerpo rígido clavado en aquel objeto me daba la impresión de que ese pequeño pocillo de juguete -esa presencia fuera del orden conocido- parecía capturarlo de forma violenta. En un intento de romper esa tensión me agacho, recojo el pocillo y llevándolo a mi boca digo: oh vaya, me trajeron café, juego a que lo bebo y luego estiro mi mano y le digo a Matthew: ¿Quieres un poco de café? Su mirada se desprendió del juguete y con su rostro un poco consternado paseo sus ojos por mi cara mientras yo seguía con la mano allí estirada. Luego, de forma más tranquila, tomó el pocillo, se agachó para dejarlo sobre el piso, se puso de pie, me miró, esbozó una leve sonrisa, recogió el pocillo y estirando su mano y poniéndola muy cerca de mi boca me dice: “¿Jugo?”


Matthew es un estudiante de 5 años diagnosticado con autismo. Más bien habla poco aunque hace muchos gestos y todos los días me pregunta si él tiene clase conmigo y está muy atento a mi llegada para saludarme y a mi salida para despedirse, lo hace de manera repetitiva, esto es, puede saludarme muchas veces y así mismo cuando observa que me estoy alistando para salir empieza a despedirse reiterativamente. Disfruta moverse, le agrada correr, saltar y jugar a esconderse, prefiere los juegos de movimiento por encima de los juegos que implican el uso de juguetes. Se incomoda cuando le hablan muy cerca, se enoja cuando le dicen que no o cuando alguien le habla en un tono de voz alto, siempre que esto pasa se cruza de brazos y se queda aislado del grupo con un gesto de enojo en su cara. Me observa constantemente y trata de imitar muchos de los gestos y movimientos que yo hago. No le incomoda la presencia de los otros niños y disfruta jugar a correr y escaparse de ellos. Se muestra muy participativo en mis clases y se esfuerza por realizar los retos de movimiento que están dispuestos en forma de circuito. Le incomoda bastante cuando los elementos de la clase se desordenan, cuando una colchoneta se mueve o cuando un niño pasa y altera el orden de algún objeto, frente a este tipo de desorden se queda inmóvil observando lo que está desordenado y una vez que yo lo organizo continúa el recorrido. Así mismo, se angustia cuando es él quien mueve algún objeto y trata de organizarlo rápidamente. 


El encuentro -o más bien desencuentro- con ese pocillo de juguete fue un acontecimiento abrupto que venía a romper con un orden que Matthew se había esforzado por sostener, no solo la organización de los objetos en el espacio sino -especialmente- el orden de la función de los objetos en ese espacio. Pero ese azar puesto en ese pequeño juguete fue la invitación para que Matthew accediera a entrar en el juego simbólico.


Ese día hizo un vínculo especial con el pocillo de juguete. Durante todo el recreo repitió una y otra vez el mismo juego. Al comienzo iba a un lugar dejaba el pocillo sobre el piso, lo recogía y regresaba para entregármelo y decirme “jugo”. Se me ocurrió agregarle otro elemento y le dije: Matthew ponle un poco de azúcar al jugo. Paseo su mirada por mi cara como suele hacerlo cuando está consternado por algo y luego salió corriendo hacía una esquina, dejó el pocillo sobre el piso y agitando su mano hacía como si pusiera algo, luego retorno apresurado diciéndome: “jugo y azúcar”, no desprendió su mirada de mi rostro mientras yo jugaba a tomarme el jugo y cuando le regrese el pocillo me dijo: “¿jugo?”, pero ocurrió algo distinto, pese a que asentí y dije que si Matthew seguía allí de pie como esperando algo, entonces se me ocurrió decirle: sí, quiero un jugo de mora, en cuanto enuncie esto sus ojos se abrieron como fascinado y salió corriendo a jugar a prepararlo, al regresar me dijo: jugo y mora. Así fue una y otra vez hasta que me tomé una incalculable cantidad de jugos imaginarios, todos  separados de las frutas: jugo y mango, jugo y fresa, jugo lulo. 


Cuando se acabó el recreo observé que Matthew se apresuró a guardar el pocillo en su maleta. Al siguiente día me buscó en el recreo para volver al juego del jugo. Algunos niños nos observaron jugar y querían hacerlo también, pero Matthew se resistía a despegarse de este juguete. Se mostraba más interesado en utilizar el objeto que en relacionarse con los otros niños. 


Para la siguiente clase, organice el lugar -antes utilizado para los retos de movimiento-de forma que representara a una casa, así, había un espacio  que simulaba habitaciones, un estudio, una sala y una cocina con muchos pocillos, platos, ollas y muchos otros elementos. Todos los niños y niñas estaban fascinados por el lugar y en cuanto vió pocillos Matthew se desplazó rápidamente hacía el espacio que hacía las veces de cocina. Y con el que ahora era su pocillo empezó a reproducir el juego del juego, de cierta manera los otros niños cabían en este mismo juego, cada uno traía un pocillo y yo pedía jugo de distintas frutas. Los niños amontonados en la cocina empezaban a jugar a que preparaban el jugo en una licuadora o hacían sonidos y movimientos como exprimiendo naranjas mientras iban narrando cómo estaban elaborando el jugo, Matthew los imitaba y se esforzaba por no confundir su pocillo con el de los demás, estaba siempre muy pegado al objeto. 


A una niña se le ocurrió que podrían jugar al restaurante y organizó una mesa con sillas en las que los niños que hacían jugo ahora podían hacer más preparaciones mientras que los niños que estaban sentados hacían sus pedidos, yo quede por fuera de este juego pero Matthew quedó enganchado en lo que ahora se le presentaba como la elaboración de su propio jugo simbólico. 






Comentarios

  1. Tan importante que puede ser una experiencia para un niño. Mas aun todo lo que les pasa por fuera del salon de clases

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

El movimiento de las palabras

Los bordes del cuerpo

Secretos